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martes, 13 de mayo de 2014

MAHONESA LA GRAN SALSA FRÍA (1)


Tazón de SALSA MAHONESA, para compartir,
sobre la mesa en la que celebramos la comida de trabajo el día diez de mayo
en Mongofra

El pasado sábado día 10, estuvimos reunidos en Mongofra, Mahón, un grupo de trabajo para quienes es indicutible que está  claro y probado que la denominación MAHONESA también corresponde a la salsa que con aceite, yema de huevo, sal, vinagre, y otros posibles ingredientes, a base de ligarlos entre sí batiendo sin cesar, hasta que se forma una salsa espesa y que crece maravillosamente según se le va echando un hilo de aceite, hasta conseguir una verdadera emulsión estable. Lo que no quiere decir que no se suscitaran nuevas líneas de trabajo.

La relación con Mahón es bastante clara y viene siendo atribuida a la estancia del mariscal Richelieu en Menorca con ocasión de haber arrebatado a los ingleses el puerto estratégico de Mahón (1767), y seguir gobernando como de su propiedad unos cuantos años.

¿Hasta dónde queda probado? Por ahora la narración de unos hechos ocurridos, sin detallar lugar y fecha, corresponde a la que se lee en el diario LA EPOCA, 31 XII de 1880, de Madrid y que dice así:

[Un cronista parisiense da los siguientes detalles sobre el origen de la salsa mayonesa.
“Hay que advertir ante todo que quien pide una mayonesa de langosta o de pollo comete un error. No hay tal salsa mayonesa. Debe decirse mahonesa y he aquí por qué.
Después de la batalla de Mahón el mariscal Richelieu, que mandaba las fuerzas francesas, rendido de cansancio y de hambre encuentra en su camino una hospedería, y penetra en ella.
El mariscal ordena que se le dé de comer inmediatamente.
El cocinero, con el aire más compungido del mundo, se presenta y le dice al mariscal que no hay nada qué comer, y que le es imposible complacerle.
—Pero ¡desdichado!— le dice Richelieu:-, ¿no ves que me estoy muriendo de hambre? Dame lo que quieras, cualquier cosa, las sobras que hayan dejado los demás pasajeros.
Después de algunos minutos se servía al mariscal un plato de carne fría guisada con una exquisita salsa que el famélico batallador paladeó con delicia, llamando al cocinero como el público llama al autor en las obras que le parecen bien, y entablándose entre los dos el siguiente diálogo:
—¿Cómo me dijiste que no podías darme nada de comer? ¡Este plato es excelente!
—La bondad del señor mariscal me confunde. Usando de su licencia, he aprovechado las sobras halladas en la cocina, procurando prestarles algún atractivo con una sencilla salsa de huevo.
—Tu salsa es una obra maestra que merece pasar a la posteridad. Es menester darle un nombre.
—Si el señor mariscal lo permite, la llamaremos salsa mahonesa.
El mariscal recompensó generosamente al ingenioso cocinero y le pidió la receta de su salsa, que pronto fue conocida y popular en Francia.
Tal es el origen verdadero de la salsa mayonesa, llamado así por un capricho del uso, tirano del lenguaje.”]

No aparece firmante alguno de esta crónica. Pertenece a una sección titulada NOTICIAS GENERALES, en la que aparecen muchas de ellas, desde luego para mi, de obligada lectura.

La publicación de este texto tiene para mí un gran valor ya que, hasta ahora, es el primero respecto a otras narraciones más o menos parecidas de las que vienen dando cuenta de la comida del mariscal en un lugar sin determinar, ni día, ni hora, en torno a 1767. De modo que cobra valor aquella narración que se acerque más a los hechos contados, como son los relativos al duque de Richelieu y Mahón. Por tanto de inmediato habrá que encontrar la narración francesa que el redactor del diario  "La Época" parece traducir de un original francés.

Tiene gran verosimilitud el asunto ya que cuando Felipe-Benicio Navarro Reig, [gran bibliotecario y archivero, historiador, de enorme valor sus apreciaciones como he demostrado en la "Biografía de la Paella”] acude a una de las convocatorias que hacía el Dr. Thebussem en la Huerta de la Cigarra en Medina Sidonia, y que quedan recogidas en la obra “Segunda Ristra de Ajos”, ahí, el insigne archivero valenciano afirma claramente que la “salsa mayonesa, Mahonesa debería decirse”, se relaciona con el mariscal Richelieu y la batalla de Mahón. Para ello recurre al testimonio de un francés de nombre M. de Veyrant, “a quien remito al que no me crea”. Este capítulo lo firma F.B Navarro Reig en febrero de 1885. Veyrant (sic) sigue sin ser identificado.

Es fácil concluir que otras narraciones posteriores lo único que hacen es continuar esta tradición, al menos oral, ya veremos si documental también, como escriben diferentes autores a partir de Lorenzo Lafuente Vanrrell en su artículo de 1914 en la Revista de Menorca, tomo IX.

Expuesta y razonada esta documentación que se origina en mi trabajo sobre “La Salsa Mahonesa antes y después de Teodoro Bardají” , Huesca, 1999, fue aceptada por el grupo de especialistas, --de lo que se prepara un documento que da cuenta de ello--, en la reunión celebrada en el “Lloc”, o finca, que la Fundacio Rubió Tudurí posee en Mongofra, donde de vez en cuando acoge encuentros bajo el título de “Diàlegs a Mongofra”. Así fue en esta ocasión el pasado 10 de Mayo, bajo la iniciativa del “Centre d’Estudis Gastrònomics Menorca”  y la asociación “Fra Roger”.

Vista parcial de la fachada de Mongofra
propiedad de la Fundacio Rubió Tudurí donde tuvo lugar la citada reunión,

viernes, 12 de abril de 2013

¿MAHONESA DE MAHÓN? (apunte 1)


Ayer me enteré de que existía, desde hace poco, este portal que invito a visitar a quienes aman la cocina
http://mahonesademahon.com/,  porque lo cortés no quita lo valiente. A ver si alguien toma ejemplo y hace lo mismo con mi blog y con mis libros.

Al repasar de arriba abajo la web citada observé dos cosas: que había textos o afirmaciones que tenían que ver con mi Discurso de Ingreso en la Academia Aragonesa de Gastronomía, pero que por otro lado se secundaba a don Camilo-José Cela (ABC, 08.02.1998, págs.79-82), -con ilustraciones esplederorosas del aragonés GRAU SANTOS-, a quien respeté en mi trabajo demasiado, porque muy pocos se enteraron que su trabajo, en el año que se publica en el ABC, es merecedor de un gran reconocimiento como le otorga el diario, pero también susceptible de acotaciones o matizaciones de otros expertos o investigadores.

Sobre toda esta cuestión les voy a hablar. Agradezco que otros traten de la Mahonesa ignorando mi trabajo, porque así voy a tener la ocasión de entrar en la cuestión y hacer presente mi Discurso, para que sea conocido y, seguramente para que se pueda progresar en el conocimiento de una salsa, muy interesante puesto que estudiar las salsas en la historia de la cocina española es fascinante. Más aún, esencial para conocer toda la historia de la cocina.

Ayer me moví un poco por la red, con resultados escasos. He de decir que me escribí con quienes gestionan la página y nos cruzamos dos correos amables. Más aún, hoy me veo referido en su web (antes no) invitando a que se lea el artículo que el periodista Juan Cantavella escribió sobre mi discuso en el Diari Menorca (2000). Desde luego lo hizo muy bien en tampoco espacio. También se ofrece el link para leer el magnífico artículo de Camilo José Cela. Pero entre los dos textos  se lee en la web:

"La mayoría de los  lingüistas dieron su apoyo a las tesis de Cela y finalmente y para zanjar la cuestión la Real Academia  de la Lengua admite las dos acepciones." Conclusión que no entiendo.

Se podría pensar que con mi Discurso quería yo resolver una polémica (ya lo hizo Teodoro Bardaji). En absoluto, ni lo digo. Y también que defendía una tesis que quedó preterida por la del señor Cela. Por mis escritos nadie me puede poner en esas tesituras, ni con lingüistas ni con la Academia. Ni me he visto citado por nadie. Lo que hace, o hará la Academia Española de la Lengua, ya se verá. No es de mi interés. La Academia en cuanto al lenguaje culinario no es nada ejemplar. Mejor se trabaja con el diccionario de la aragonesa María Moliner.

Un Discurso de ingreso es una pieza escrita como bien pueda el que opta al ingreso. Me refiero en cuanto a método de trabajo y uso de la lengua. En el caso de aportar documentación e invitar al trabajo, como fue mi caso, la necesaria brevedad que parace ser lo mejor, hace que aparezca tal acumulación de datos e informaciones que el autor ha de hacerlo lo mejor que sepa -y es muy difícil-, aunque confiará que el lector avisado sabrá subsanarlo. Para ello incluí un largo apéndice antológico con los textos que seleccioné entre los de más urgente lectura con el fin de tener un denominador común.

Así las cosas, en este primer apunte les propongo que lean un texto tomado de mi edición de Juan Altamiras. Está tomado de un autor del que me declaro especialista, tanto en su divulgación, como en el estudio de su poco conocida biografía y de su obra: Juan Altamiras, "Nuevo arte de cocina". Aprovecho la ocasión y digo que desvelé que Juan Altamiras es le pseudónimo del franciscano fray Raimundo Gómez, y los ilustrados escritores posteriores de la cosa gastronómica lo vienen diciendo como si se supiera de toda la vida. ¿Qué se va a hacer? Este es mi blog, y he de decir lo que estimo conveniente. Aviso para navagantes. Personalmente no compito a ver quién sabe más o quién tiene documentos más antiguos. Pero los textos hay que atribuirlos bien, fecharlos y documentarlos.

Hoy dejamos a un  lado el proceso de formación históricamente hablando del  all-y-oli. Eso supuesto, hay que  llegar al siglo XVIII y encontrarnos con Juan Altamiras (1745), nacido en La Almunia de Doña Godina, quien precisamente nos ofrece, hablando de los caracoles, un texto fundamental, que me permito calificar de importancia excepcional, y del que me veo obligado a señalar que no debería haber pasado desapercibido por quienes se han ocupado de este tema.
  • (receta) 135. Caracoles. Después de remojados, los lavarás con un puñado de sal, les darás dos, o tres aguas, los pondrás a cocer, espúmalos; los echarás sal, tomillo, laurel en hojas, un manojo de orégano; y cuando estuvieren cocidos, escúrrelos bien, freirás cebolla, los echarás en la sartén en que se frían: son muy gustosos; y para que sepan mejor, harás un ajo de este modo: tomarás un pedazo de pan, lo remojarás en agua, y vinagre; machacarás unos ajos en el mortero, con un poco de pimienta, sal, luego lo exprimirás, pondrás un poco de perejil, hierbabuena, lo picarás todo en dicho mortero, echarás yemas a proporción, tomarás una aceitera de pico, y podrás echar aceite poco a poco, y revolviendo a una mano, sin cesar, hasta que quede como engrudo, y que sepa a sal: de este ajo pondrás al borde del plato de los Caracoles, si hubieres de hacer muchos platos; y advierto, que no es bueno este guisado para aguados, porque con agua no son de provecho. ( J. Altamiras. Nuevo Arte de Cocina [1745], Ediciones La Val de Onsera, Huesca, 1992, pp. 101.)
Es fácil estar de acuerdo que Altamiras presenta un plato guisado de caracoles, pero que "para que sepan mejor" invita el cocinero  a que haga un ajo, y describe cómo se hace. Echar yemas a proporción de los comensales (luego sin claras), echar aceite con aceitera de pico poco a poco, revolviendo todo en una misma dirección (muchos piensan todavia de esta manera), porque no se debe parar hasta que se haga "engrudo". Es decir, hasta que tenga una firmeza y consistencia tal que pueda ponerse en el plato que se han servido los caracoles, "al borde del plato". Aquí es donde quería llegar por primer día. La receta de caracoles termina en el punto y coma anterior al texto donde indica harás un ajo, donde aparecen los elementos esenciales, agua, ácido del vinagre, yemas, aceite que cae lentamente, y el movimiento regular para revolver, para hacer una salsa hasta ahora no descrita o codificada. Conclusión, este libro editado en 1745, que por lo tanto recoge una tradición, acaba de describir una emulsión por primera vez en la europa culinaria. Altamiras era aragonés, cocinaba en un lugar importante, un Colegio Mayor donde los colegiales franciscanos vivían, estudiaban, y acudían a la Universidad. Cómo se llega a denominar mahonesa, es interesante y contribuiré a ello, pero que ese tema no oscurezca la importancia que hoy parece que tenemos como cosa sabida, natural, pues han tenido que intervenir investigadores de prestigio que nos proporcionan  elocuentes explicaciones de ciencia y cocina. Por ello la cocina es un elemento cultural que se desarrolla empíricamente, y que luego la ciencia consolida y explica.